Mañana hace 100 años, agosto 28 de 1911, en Zapatoca Santander nació la niña Alicia Gómez, que años después se convertiría en la Señora de Mejía y a sus 36 en mi madre. Hace pocos días, uno de los hombres que más influyeron en las tecnologías de la información y de las comunicaciones, Steve Jobs, se retiró de su actividad, muy probablemente para cuidar su salud y reflexionar poco antes de pasar a la eternidad.
Son solo cien años, pero, cuando nació mi mamá, por lo menos en Zapatoca no había radios. Cuando llegó a su conciencia, cierta familia llevó alguno, y se reunían en esa casa y pagaban una moneda por escuchar algunas palabras en medio de una enorme cantidad de ruido. Cada uno llevaba un catre, y se sentaba durante una hora para presenciar el espectáculo más grande, de tratar de escuchar una emisora de Bogotá.
El primer recuerdo impresionante de mi vida, tenía menos de cuatro años, fue observar que un aparato telefónico de pared, de aquellos que no tenía disco de marcar y mucho menos un teclado, tenía ojos. Yo se los veía y tuvieron que llevarme alzado a él para mostrarme que sólo era el reflejo de alguna luz.
Ya en el año de 1953 me llevaron a Guane y en la casa cural existía un aparato telefónico de manivela, con la cual se producía un timbre para que fuera escuchado progresivamente por la operadora de Barichara, Galán, La Fuente, Zapatoca y Bucaramanga para podernos comunicar con la casa para que a gritos, pudiéramos contar a los que no habían ido, que habíamos llegado sin problemas. La velocidad de la conexión dependía más de la buena voluntad de las operadoras de las ciudades mencionadas que del nivel de ocupación de las redes, porque, afortunadamente, no había ansiedad por comunicarse.
En 1976 trabajé en Telecom, desarrollando la Telefonía Rural y estuve en la zona occidental de Galán ofreciendo el servicio telefónico comunitario, y las personas me preguntaban, “¿es usted de la radiolétrica?” queriendo decir si de la antigua Hidroeléctrica del Río Lebrija, hoy Electrificadora de Santander S A. Ante la repuesta negativa, la gente nos decía: “pensábamos que íbamos a tener luz, pero teléfono no nos interesa”. No había necesidad de comunicarse sino en situaciones muy extremas.
Varios años después volví a Guane y en el mismo sitio en donde había ese viejo teléfono había uno monedero. Eché una moneda y por medio del movimiento de un disco, me comuniqué en segundos con mi casa en Bucaramanga y salí a la mitad del parque, la señal era muy mala y el costo peor y marqué mi celular y repetí la comunicación. Qué diferencia.
Llamar a otros países era prohibitivo por los costos y mi hermano que se educó y ha vivido en el coloso norteamericano, cuando era estudiante se comunicaba por cartas que llegaban ocho días después a mi madre, obteniendo respuesta a sus inquietudes, en otros ocho días, para un total de 16 que se gastaban mientras mi mamá le contestaba y llegaba a él la correspondencia. Lo más moderno era enviar casetes grabados y así dedicábamos horas escuchando sus palabras. Siendo ya profesional, y trabajando en el mismo país, hacía una llamada telefónica semanal a mi madre y cada uno de los dos procuraba hablar teniendo en la mano un resumen de lo que iba a decir, para evitar el alto costo de la comunicación.
Aunque anteriormente debió haber algún radio en mi casa, el primero que conocí fue cuando subió al poder Gustavo Rojas Pinilla, en 1953, pues mi tía Trina salió corriendo a comprar uno para oír las noticias porque salir de la casa en esos días podría ser peligroso. Y curiosamente la misma tía en 1957 llevó el primer televisor que compró en Bogotá, pero, como no había señal en Bucaramanga, se prendía y venían los vecinos y se sentaban horas a escuchar de vez en cuando alguna palabra y alguna señal fantasma que le llegaba.
De esa manera, mi hija en 1975 ya nació con televisor en blanco y negro a sus pies, mi segundo hijo, en 1981 lo hizo con un televisor a color y mi tercer hijo, con una computadora Tandy porque mientras tanto habían nacido éstas. Estamos conmemorando en este mes los 30 años del PC de IBM.
Y eduqué a mis hijos trabajando con computadoras. Fueron más de 30 años. Y ahora, en estos días, estoy dedicado a enseñar a mis alumnos cómo funcionan estos equipos, aunque a veces ellos están más actualizados que uno, porque lo pasan conectados a Internet, y aunque no podemos ni debemos desechar los libros en papel, éste se ha convertido en la fuente de información más importante que existe con solo llegar al famoso Google, reemplazando a nuestras enciclopedias Espasa y Barsa que cada vez que las abríamos, además de que siempre estaban desactualizadas, nos producían problemas en las vías respiratorias.
Y hoy ya existen tantos celulares como personas en un país pobre y aún más, los pobres son los que más tienen celulares, en prepago, porque no les cuesta que los llamen y por medio de ellos se concretan negocios como mensajería en moto, manicure, pedicure, peinados y hasta mujeres y hombres que ahora se llaman “prepagos” y ¿cuántos negocios de teléfonos “minuteros” existen en las esquinas en Colombia?
Y la necesidad de comunicación es absoluta y de las computadoras desconectadas y de los simples celulares estamos llenos ya de redes, de las cuales, la más grande es el Internet, y de teléfonos inteligentes que además de comunicación de voz llevan texto, imágenes, videos, televisión y todo lo que se quiera, a unos costos relativamente bajos. Existe la necesidad de permanecer conectado y algunos quieren contar todo lo que van haciendo a través de las redes sociales.
Comunicarse ahora es instantáneo, barato y es una necesidad tan grande que hay intentos por hacer que el acceso a Internet sea uno de los derechos fundamentales de la persona humana.
Ahora estoy escribiendo este texto en una computadora, lo voy a publicar en un blog, de cuya existencia contaré a mis amigos por medio de un correo electrónico. Posiblemente otro lo hubiera hecho por Twitter y de manera instantánea la noticia se hubiera transmitido, aunque los que tienen correo en su teléfono inteligente podrán hacer lo mismo.
El mundo cambió definitivamente mientras mi mamá nacía y Steve Jobs sentía la necesidad de retirarse de Apple.
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